Inquietudes del “Valle Inquietante”

-Eduardo Pérez Viloria-

Reproducir vídeo
Así como hoy muchos temen a los otrora graciosos payasos, sobre todos los niños, hoy sentimos aversión cuando una máquina, un robot, más se aproxima a la apariencia y/o comportamiento de un ser humano.
 
Esta aversión, formulada en el campo de la Inteligencia Artificial como la Teoría del Valle Inquietante plantea asombrosas paradojas que brotan de la relación entre las tecnologías que avanzan y la siquis y naturaleza humana.
 
Los seres humanos podemos reconocer sensorialmente las sutiles diferencias entre lo que se aparenta como humano y lo que realmente es. No obstante, y en la misma medida en que las tecnologías avanzan, los robots pueden parecerse más a los seres humanos. Allí es cuando aparece la perplejidad, el horror, incluso lo monstruoso.
 
Porque, aunque podemos diferenciar detalles entre lo robótico que aparenta humanidad y lo humano propiamente dicho ¿quién niega que lleguemos a un momento en que la inteligencia artificial sea tan “inteligente” que se mimetice completamente con la apariencia y el comportamiento humano? ¿Cuándo llegaremos al nivel de no saber ya distinguir entre lo robótico y lo humano?
 
Hay dos vertientes en la producción de autómatas:
 
  1. La que genera robots de específica singularidad, con un diseño, una estética y una comunicación que no deja lugar a dudas de su condición tecnológica.
 
  1. La gran industria que hurga en lo profundo de la condición humana y, mediante la apariencia y comportamiento protohumanos pretende suplir mercadológicamente carencias afectivas, sociales y hasta sexuales en el ser humano.
Esta última, no cabe duda, nos convoca a una profunda y hasta urgente reflexión porque en su fase superior (cuando nos sea imposible distinguir humanos de autómatas) quizás ya sea demasiado tarde y entremos en una nueva etapa de la condición (in)humana.
 
¡Hombre, conócete a ti mismo! estaba escrito en el Templo de Apolo en Delfos, ¿Qué pasará cuando ya no nos conozcamos ni nos reconozcamos?