De ratas y bibliotecas… o dicho de otro modo ¿Quién soy?

En mis documentos de identidad está estampado mi nombre como Eduardo Pérez Viloria, pero me es más vital ser apreciado como un inquieto o sosegado ratón de biblioteca: un BiblioRat.
Y es que en mi infancia temprana fui atrapado por la pasión de leer y, más tarde como su necesaria y virtuosa emanación, por la pasión ardiente de escribir.
Así yo, el pequeño Eduardo, trepaba a lo alto de los muebles para tomar un libro y, en una suerte de ritual cuasi secreto, abría la obra, la olía (sí, es un placer olerlos) y comenzaba a leer, aún sin entender lo que estaba escrito.
-Ese muchacho es un ratón de biblioteca, sentenció Don Sinecio, un viejo ermitaño que vivió solo en medio del bosque por más de 5 años, cobijado por la montaña y protegido por las fieras.
Y ese mote que me adjudicó el viejo se hizo vivo cuando un día vi la más robusta, peluda y rabuda rata parada sobre un ejemplar de la Enciclopedia Británica.
Mi presencia no la inmutó. Seguía allí, sobre el libro, moviendo con ¿elegancia? sus bigotes alambrientos.
-Esa rata está leyendo, pensé desde mi perplejidad.
El caso es que con mucho cuidado, casi que con respeto, moví la mesa donde estaba el libro con el animal y este, con mucha parsimonia y hasta con desdén, abandonó el sitio.
Desde ese día esa rata se convirtió en mi Daimón y a su entidad corpórea alimenté con deliciosas viandas que tomaba de la cocina.
De su entidad metáfisica, que opera como intermediaria ante la Divinidad, he sido yo quien ha recibido el alimento de la inspiración, la creatividad y la certeza de ser un testigo excepcional llamado a narrar las maravillas del mundo.
Dijo Jorge Luis Borges que el mundo es una gran bibioteca y Dios es su Gran Bibliotecario. Yo, profeta menor, casi minúsculo, soy uno de los ratones de esa biblioteca.